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10 noviembre 2005

Al Qaeda, sin patria ni alma, solo locura y maldición.

La historia del nunca acabar. Como un virus, decían. Sin final, sin objetivo fijo ni alcanzable, lleno de locura y fanatismo.

Así es lo que está pasando con el fundamentalismo islámico, con el grupo Al Qaeda para ser más concretos.

En el juego vale todo y todos. Nos puede tocar a cualquiera en cualquier sitio. Una amenaza que se expande sin fronteras, sin hermandad, sin piedad.

Gira la rueda. Le ha tocado el turno esta vez a Jordania. Se piensa un buen sitio. Una boda en un hotel de lujo.

Explota una persona con toda literalidad. Dicen que se inmolan y alcanzan una paz eterna por hacer un bien en defensa del Islam: su vida, su obsesión, su locura.

Y en esta cruzada por su creencia ciega, trastornada y falseada asesinan a 57 personas inocentes y hieren a 93 más.

¿Y esto por qué? ¿Por qué hacer esto?

Al Kaeda no tarda en hacerse suyo el atentado. Han sido ellos de nuevo, aunque Al Zarqaui, líder del grupo terrorista en Irak, sea jordano.

A él le da absolutamente lo mismo. Jordanos, españoles, ingleses... no son de ninguna nación, no sienten apego ni se sienten nada.
Solamente esa obsesión frenética que les indica que, tanto los países que entraron en Irak como cada país amigo de aquellos, son presa suya. Mejor dicho, los ciudadanos civiles de aquellos países deben morir de una forma injusta, fría, terrible, abominable.

Como lobos cazadores en busca de sangre y muerte.


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